El acceso a tecnologías como internet y redes sociales nos ha permitido ampliar nuestra visión de lo que realmente es el mundo a niveles que jamás nos habríamos imaginado. 

Hemos incorporado preocupaciones y satisfacciones que atraviesan, virtual e instantáneamente, todo el planeta. En segundos con conectamos con un atentado en Francia, una activista india, un país comunista abriéndose al mundo, un sudafricano queriendo viajar a Marte o un reportero en Siria.

Y así es fácil concluir que el mundo no está bien y que es evidente la importancia de hacer cambios profundos, pronto.

Por otro lado, la tecnología nos entrega día a día la posibilidad de saber, manifestarnos y decidir con cada click. Nunca habíamos tenido esta oportunidad y podría ser, por lo tanto, una buena idea apoyar una tecnología que busca revolucionar la industria más grande e influyente del mundo: la industria financiera.

Pero esta revolución tiene que ser con tecnología. Hasta ahora, la tecnología ha resultado siempre en un mejor nivel de vida. 

Esto es porque la tecnología no es impositiva y sólo es exitosa si le agrega valor neto a las personas que la usan. 

La adopción de tecnología es una forma de democracia perfecta respecto a dónde queremos llevar el mundo: ¿Uber o taxi?

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